DIARIO - BOCETO

DIARIO - BOCETO
Ficha técnica
Editorial:
MANANTIAL
ISBN:
978-987-500-180-0
Páginas:
232
Disponibilidad:
Consultar stock al 01-4225307

S/. 58,00

La forma en la arquitectura (1978)

Mi deseo no es enseñar el método que cada uno debe seguir,
sino solamente mostrar el método que yo escogí.

Con estas palabras de Descartes quiero dejar
en claro que este escrito no tiene el objetivo de
convencer a nadie, sino el de mostrar cómo veo
yo el problema de la forma en la arquitectura.
Y si a veces entro en conflicto con otras opiniones
sólo es para defender o explicar mi punto de vista.
ON


Mi idea, al escribir este breve texto, fue definir mi pensamiento sobre el problema de la forma en la arquitectura, tema que implica, a mi parecer, un malentendido lamentable acrecentado por el funcionalismo y utilizado por los pequeños grupos que hasta hoy se aprovechan de él con fines dudosos. Me entusiasma establecer estas definiciones. Este problema, el de la forma en la arquitectura, me ocupó durante toda mi vida e intervine en él de manera directa cuando proyecté las obras de Pampulha en Belo Horizonte, en el año 1940.

Y como la idea es escribir un libro breve para que sea divulgado en el exterior, intentaré hacerlo corto y conciso, fácil de leer y de comprender. En el transcurso consideraré otros problemas, también ligados a la arquitectura, y demostraré, a través de la cantidad de trabajos que he desarrollado, que es posible estar activo en la profesión sin dejar otras cosas de lado y manteniendo un compromiso político.

Para que me comprendan mejor aquellos que no me conocen, volveré un poco al pasado, a mi infancia ya tan lejana, a mi formación como hombre y como arquitecto. Recordaré mi casa en el barrio de Laranjeiras, en Río de Janeiro, el ambiente feliz de aquellos tiempos perdidos para siempre, y principalmente evocaré a mi padres y mis abuelos, no sólo por el cariño y la calidez con que me prepararon para la vida, sino por ellos mismos, como seres humanos, genéticamente corresponsables de mis cualidades y mis defectos. Mi abuelo, Ribeiro de Almeida, juez del Supremo Tribunal Federal, era un hombre recto, incorruptible; mi abuela, dedicada a los problemas domésticos, siempre fue una mujer autoritaria, como si nunca hubiera salido de su fazenda en Maricá, en el interior del estado de Río de Janeiro; mi padre, tan alegre, dado como yo a dejar los problemas para el día siguiente; y mi madre y mi tía Milota atendiéndonos siempre con cariño, como fieles representantes de ese clan familiar que poco a poco comienza a desaparecer y al cual dedicaron sus renuncias y ternuras. Y también mis tíos, llenos de buenas cualidades, pero tan inadaptados e imprevisibles que me hacen dudar de cuán conveniente fue que mi abuelo se casara con su sobrina Mariquinhas.

No sé qué habré heredado yo de todo eso, pero viendo a mis hermanos tan buenos, tan generosos, supongo que algo de bueno habrá quedado también para mí.


Pasé mi juventud en la vieja casa de Laranjeiras, y de ella recuerdo la sala de visitas, que se transformaba en capilla, la larga mesa del comedor con mi abuela a la cabecera, mi tío sentado frente a nosotros, contándonos sus aventuras, mi abuelo, siempre callado, observando cómo se multiplicaba la familia. Las fiestas de cumpleaños, los conciertos familiares de la época, en los que nuestro mucamo André atendía a los invitados en las mesas distribuidas en la galería, y por las noches, después de comer, la conversación alegre que nos unía a todos y que me recuerda a nuestro hermano Vinicius de Moraes, cuando exclamaba: “¡¿Para qué hacer algo que después vamos a deshacer?!”.


Sobre mis ideas políticas, diré que siempre fui un rebelde. Nunca pude olvidar –y eso sucedió cuando yo tenía ocho años– que mi abuela le ordenó a la empleada: “Sáquese ese pañuelo de la cabeza, las negras no usan eso”. Después, fue la vida misma la que me mostró sus miserias: el patrón oprimiendo al obrero, el amigo más pobre rechazado, el desamparo que aflige a nuestros hermanos brasileños y la burguesía ignorante que los oprime o adopta actitudes paternalistas e irresponsables. Nunca dudé sobre qué posición tomar en un país donde el setenta por ciento de la población sufre, explotada y perseguida.


En 1945 me afilié al Partido Comunista, después de haber acogido a algunos de sus líderes en mi estudio cuando salieron de la cárcel. Recuerdo que le dije a Prestes:1 “Quédese con la casa, su trabajo es más importante que el mío”. Desde 1945 hasta hoy –por lo tanto, desde hace treinta años– jamás cambié de actitud. El Partido Comunista fue una experiencia extraordinaria y sólo guardo buenos recuerdos de los viejos compañeros: simples, idealistas, demasiado buenos para adaptarse tranquilamente a las miserias del mundo capitalista.

Con respecto a mi actuación profesional diré que trabajé mucho, que soy un hombre que se quedó en un rincón dibujando sin sentir el universo que lo rodea con todas sus grandezas y misterios, sin tener tiempo para mirar su propia vida y divagar sobre ella, a solas, como hacía Descartes. Pero estoy tranquilo. Al fin de cuentas hice lo que pude y nunca olvidé a los que sufren, y con ellos camino, solidario.



1. Luís Carlos Prestes nació en Porto Alegre en 1898. Como capitán del ejército participó en la revuelta del 5 de julio de 1924, tras lo cual fue nombrado comandante de la Columna Prestes. Fue secretario general del Partido Comunista Brasileño (PCB), tomó parte en la revuelta comunista de 1935, fue constituyente en 1946 y senador por el Distrito Federal entre 1946 y 1948. Fue tomado prisionero y condenado durante la dictadura militar, y se exilió en Moscú. En 1979 regresó a Brasil con una amnistía. Murió en Río de Janeiro en marzo de 1990. [N. de T.]

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