A quien se le acusa de vendehúmo o de pronunciar discursos gaseosos en el fondo se le acusa de no sustentar lo que dice con información. Un discurso sin información es mera poesía. Y la información que no acude a los recursos indirectos de la poesía o la retórica corre el riesgo de reducirse a mera data desnuda: estadística. En nuestro imaginario, el poema está compuesto de gas o de algún tipo de material evanescente, mientras que la data, en cambio, es siempre data dura. Por eso, la poesía que trabaja con información tiene por delante el desafío de ensamblar dos materiales que la tradición situó en polos irreconciliables, y su atractivo consiste a menudo en el ruido (semántico y sonoro) que producen ambas texturas en su mutua fricción.
CS trabaja al interior de ese ruido. El término técnico no refiere aquí únicamente a ese gas lacrimógeno utilizado en contextos de represión para el control de disturbios; funciona al mismo tiempo como metáfora para dar cuenta del gas de la propia poesía en el trance de significar en un medio sólido, compuesto de documentación y del lenguaje gris de lo procedimental. La poesía extiende el documento, decía la conocida fórmula de Muriel Rukeyser. En el caso de este libro, sería más exacto decir que lo intercepta, justo antes de abandonar sus propios fueros, y en esa interrupción algo del intervalo entre ambos se ilumina.