Lo que se nombra aquí es un vacío y una espera (no, o quizás no, una esperanza). Se ha vaciado la violencia del mito republicano que no quiso o no pudo arrancar de sí la cadena de palabras de su traumática herencia de dominación, esclavitud y coloniaje. Ese vínculo bicentenario ha terminado y hoy después de su metástasis, cuando el cuerpo nacional llega a una sala de urgencias / [
] y le roban los órganos un nuevo rumbo se avizora en los residuos de su materia ancestral: no en su negativa, no en su ocultamiento, sino en su apertura, que es la de una herida. Lo que hiere es la historia. Lo que sana, si es que algo sana, es la posibilidad de su cambio de estado: la vuelta fantasmal de una revolución que invertirá su signo y fundará lo nuevo. O más bien, los nuevos, porque el yo que nos habla en Que agiten mi corazón escarapelado ya no será uno: será por fin el coro que habita en mí, y seremos nosotros. ¿Hay esperanza? Imposible saberlo. Será tal vez muy tarde para un país ya muerto. Con precisión y furia, sin embargo, Violeta Barrientos lee los restos en el fondo de la taza del tiempo, el poso que viene del pasado para condicionar el cínico presente en que vivimos, e invoca, palabra por palabra, la posibilidad liberadora de un futuro distinto.
Jorge Frisancho
Que agite mi corazón escarapelado convoca la imagen del símbolo patrio como un disfraz que cubre al país y, al mismo tiempo, la de un tejido vivo que se resquebraja. El emblema nacional deja de ser adorno intacto para mostrarse como superficie dañada, expuesta al aire y a la historia. La poesía del libro trabaja con esa textura áspera, hecha tanto de memorias antiguas como de residuos contemporáneos, articulando lenguajes que generan tensión y disonancia. Su propuesta se orienta a interrogar la tradición para vislumbrar lo que viene, como si cada capa del pasado guardara la posibilidad de un porvenir distinto. En ese horizonte, el libro registra las huellas de un país atravesado por la inestabilidad política, la pandemia, el desencanto del Bicentenario, que más que certezas dejó preguntas, y las revueltas del 2020-2021 en el Perú, episodios que han marcado la vida colectiva. Esa marca se convierte en materia del poema: una fisura donde late lo que duele, lo que permanece y lo que todavía reclama nombre. Que agite mi corazón escarapelado no oculta esa herida; la vuelve pregunta y búsqueda, como si el país vulnerable y persistente intentara encontrar una nueva forma de latir.
Roxana Crisólogo