«Tragazona es la memoria acuosa de un viaje. Entre lo lejano y lo doméstico, un cuerpo ido avanza hacia un territorio que no es el suyo, menos por extranjería que por desposesión de sí en el acto de hablar, amar, digerir e intercambiar bienes y afectos. En ese recorrido, el lenguaje se repliega y se distiende en proporciones desiguales. Al ubicarse frente a la distancia que conlleva toda representación del espacio, la voz opta por deglutirla y el viaje se torna a la vez geográfico, topográfico y digestivo. No va de punto a punto, sino de estrato a estrato. En un sentido físico y social, las escalas se pierden y un vértigo constante penetra la lengua. Una voz grave se parodia a sí misma en ese trance y abre paso al deseo por diagramar otros afectos, fuera del yo, que restauren el vínculo con un mundo por inventar.»