Porque no es un diario íntimo ni es una autobiografía, el lector no hallará aquí revelaciones indiscretas. Se encontrará, en cambio, ante el gran cuadro de una intimidad. Leonardo Valencia trabaja su arte de narrar como un Rothko de la literatura y aplica sobre esa tela de recuerdos cautivos en el fondo de su corazón finas capas de sombra sobre luz. De esta memoria madre de todas las ficciones, nos dice Valencia se nutre la materia verbal que da forma y lenguaje a este Tratado de la noche sin respuesta. Es el doloroso aprendizaje de un joven que habrá de hacer suyo el consejo de Joyce al artista incipiente: Silencio, Destierro y Astucia. En el silencio de esta noche sin respuesta, con su lote de pérdidas, pero también de emociones y descubrimientos, Leonardo Valencia, con sus delicadas pinceladas, provoca en nosotros interrogantes y reflexiones: sobre la amistad, la familia, la lectura y el arte, el sentido del viaje, del arraigo y el desarraigo.
ANA BECCIÚ
Un hombre encuentra en el desierto peruano el borde de una vasija enterrada. Al intentar levantarla, descubre que no es un fragmento suelto sino parte de algo mayor. A partir de esa imagen inicial, Tratado de la noche sin respuesta, de Leonardo Valencia, despliega una travesía íntima por la memoria, la pérdida y la escritura. En esta ruta literaria reconstruye una vida, su vida, marcada por viajes, mudanzas, libros, la infancia, la muerte de la madre, la figura del padre, los maestros, los amigos y las lecturas que abrieron un destino. Leonardo Valencia, en este libro, se pregunta y nos comparte la interrogante sobre qué queda de nosotros cuando el tiempo lo arrasa todo, y cómo la escritura puede rescatar aquello que parecía condenado al silencio. En Tratado de la noche sin respuesta, cada recuerdo funciona como una señal enterrada; algo que parecía perdido vuelve a la superficie para revelar su sentido.
RICARDO SUMALAVIA