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11 MAY

El corazón de Ernesto

por Diego Nieves
El corazón de Ernesto

Los ríos profundos es la novela más emblemática de José María Arguedas. El libro cuenta la vida de Ernesto, un adolescente de vida trashumante que ha recorrido junto a su padre abogado toda la sierra. Su vida da un giro radical al separarse de él e internarse en un colegio religioso en Abancay, un espacio intermedio entre el mundo andino y el mestizo, atravesado por la violencia y las jerarquías.

 

Pero, más allá de la trama de un clásico de la literatura peruana, resulta notoria la habilidad de Arguedas para construir a un personaje como Ernesto. Es un joven conmovedoramente ingenuo, un protagonista que avanza a tientas por los obstáculos de la pubertad y cuyo instinto parece ser el único termómetro de su moralidad.

 

En el capítulo XI, cuando el padre director del internado advierte la muerte de la opa Marcelina, la “demente” del colegio, encara a Ernesto preguntándole si se había acostado con ella. Ernesto reacciona: «¡Padre! —le grité—. ¡Tiene usted el infierno en los ojos!» (pág. 279). Previamente había dicho sobre la mirada del religioso: «Me escrutó con los ojos; había un fuego asqueroso en ellos». Hay muchos otros ejemplos de la nobleza del personaje, pero resulta especialmente interesante cómo esta se manifiesta frente a las mujeres.

 

A lo largo de la novela, la relación de Ernesto con las distintas mujeres que lo rodean revela un profundo sentimiento de respeto. Ocurre cuando acompaña a las chicheras en su rebelión; cuando defiende el honor de Salvinia y las otras mujeres injuriadas por Gerardo y Antero, enfrentándose incluso al hijo de un coronel; cuando se preocupa por la cocinera enferma que termina muriendo durante la peste; o en el extraño respeto que acaso solamente él siente por la opa Marcelina.

 

La muerte tampoco escapaba a la sensibilidad de Ernesto. Cuando muere la “demente”, el narrador dice: «La opa palideció por completo. Sus rasgos resaltaron. Le pedí perdón en nombre de todos los alumnos. Sentí que mientras hablaba, el calor que los piojos me causaban iba apaciguándose; el rostro de ella embellecía, perdía su deformidad. Había cerrado ya sus ojos, ella misma».

 

En el último capítulo de la obra, al advertir a una anciana infectada y abandonada a su suerte, Ernesto se despide respetuosamente de ella. El personaje parece incluso consciente de su propia inocencia. En la página 288, cuando imagina su muerte por tifus, reflexiona: «Todo el pueblo cantaría tras el pequeño féretro en que me llevarían al cementerio. Los pájaros se acercarían a los muros y a los arbustos, a cantar por un inocente».

 

Ernesto siente fascinación por los más débiles: por el pongo del Viejo don Manuel Jesús; por Abraham, el portero del internado que regresa a su pueblo luego de violar a la opa Marcelina; por el maestro Oblitas, encarcelado por cantar a favor de doña Felipa, la líder de las chicheras. Son personajes marginados o derrotados que despiertan en él un instinto inmediato de compasión y justicia.

 

El propio Ernesto, quien apenas habla de su pasado como hijo ajeno, da suficientes señales para entender ese afecto por los humillados. Hay, inevitablemente, algo autobiográfico en ello.

 

Arguedas logra así construir uno de los personajes más singulares de la narrativa peruana. La incomprensión del resto frente a la sensibilidad de Ernesto es una constante en la novela: desde su padre hasta el director del internado o Palacitos, todos perciben en él ciertos “desvaríos”. Como señala Vargas Llosa en la edición conmemorativa de la RAE: «Las creencias de Ernesto no pueden ser contradichas, “falseadas” […] porque ellas no pretenden ser un verificable reflejo del mundo exterior» (pág. XLI).

 

Ernesto no intenta explicar su mundo. Simplemente lo vive. Y acaso sea esa honestidad emocional la que termina acercándolo íntimamente al lector.

 

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