Como comer un chocolate. Así se siente la lectura de Una casa sola, la última novela de Selva Almada, la autora de El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río. Una delicia que se va deshaciendo en la boca. Una delicadeza. Una manufactura sutil. Un chocolate delicioso que, si es bueno, también es bastante amargo.
Sonríe Selva Almada, en la oficina de la editorial Penguin Random House, cuando escucha esto. Suave. La escritora está publicda en lugares tan diversos como Francia, Indonesia, Portugal y Arabia Saudita y fue, en 2024, finalista del prestigioso International Booker Prize inglés. Pero su tono es, siempre ha sido, muy tranquilo: Almada es entrerriana, alguna vez se definió como una chica “de pueblo” y trae en los ojos y en el tono esas calles silenciosos, esos cielos grandes y cercanos, ese ruido de copas de árboles sacudiéndose por el viento.
Una casa sola, sin embargo, tiene más que ver con el campo que con el pueblo. No están lejos uno de otro pero son diferentes, claro. Se trata de una casa que empieza siendo casi un tinglado, un paradero para quienes iban a trabajar hasta uno de ellos, de apellido Lucero, la habita, la vuelve un hogar, la llena de familia. Y esa familia desaparece. Se esfuma. No es una historia de la dictadura pero algo pasó y las investigaciones por ahora no están dando resultados. Es la casa misma la que vio todo y es ella la que narra.
Por otro lado, hay un afuera, el “espinal”, donde aparecen voces de gente de distintas épocas. Charlan, gritan con palabras que no siempre los porteños entendemos, algunas de sus historias asoman.
Es que hay mucho campo, trabajadores de campo, y Almada parece hacer una especie de literatura gauchesca del siglo XXI, un cruce que no debería sonar tan extraño en un país cuyos destinos económicos están tan atravesados por las cosechas.