Una mirada para quien me mire; una sonrisa si tengo tu atención. Cuando era una bebé, sonreía a todas las personas con las que me encontraba. Yo no me acuerdo. Pero me cuenta mi padre —ya separado— que aprovechaba eso para sacarme a pasear, para que las mujeres del camino me devolvieran la sonrisa —y luego a él. Cuando cumplí cuatro años, la temática de mi fiesta fue Minnie, la coqueta. Recuerdo a Minnie con su vestido de lunares, inclinada en una reverencia, con las chapas bien rojas. Mis tíos se reían y hablaban —con orgullo— de cómo iba a ser una rompecorazones de grande. No me sonaba a un adjetivo bonito. No entendía por qué me lo decían como si tuviera que dar las gracias.
Hubo una gran parte de mi vida en la que no tenía idea de cómo me veía, menos aún de cómo era percibida. Llegaba del colegio, subía el ascensor y me daba cuenta de que no me había visto la cara en todo el día. Me descubría pecosa, chaposa, pequeña; nada de eso se parecía a cómo imaginaba que me veía mientras jugaba, mientras hablaba. Cada espejo era una sorpresa. Me tomó años acordarme de mi cara. Cuando mis pecas habían desaparecido en una única mancha bajo los ojos, recién empecé a conocerme.
Sin embargo, ya estaba siendo mirada antes de eso (Mulvey, 1975). A los ocho años, mi vecino me propuso matrimonio con una ramita doblada en forma de anillo. Pensé que era una broma y lo empujé al arbusto. A los diez años, un chico me estuvo fastidiando todo el primer recreo. En el segundo, agarré mi mandarina y se la exprimí en la cara. Después, unas chicas me dijeron que él había planeado declararse ese día. A los doce años tuve mi primer novio. Íbamos a cumplir un mes y le dijo a mi mejor amigo que me iba a regalar algo caro. Me intimidé. Terminé con él antes del mesiversario para no tener que lidiar con eso.
karate, boxeo y mucho coqueteo.
No sé si alguna vez dejé de empujar, exprimir, escapar. Pero en algún momento, me empezaron a gustar los chicos. A pesar de todas las evidencias, no me enteré de que yo también podía ser atractiva para ellos hasta la universidad. Ahí recién entendí lo de jugar con mi propio atractivo. Leí en Katherine Angel (2021) que el deseo no siempre es claro, que no siempre sabemos lo que queremos. Que hay algo confuso en ese ir y venir entre querer ser vista y resistirse a esa mirada. Yo lo sentía: algo entre el rechazo y la curiosidad. Ahora no sé en qué momento empecé a desear por mí misma. No sé cuándo fue mío y cuándo fue en respuesta al deseo de alguien más.
Hay días en los que me despierto y necesito que la ropa me aplaste las tetas, que mis labios se vean lo suficientemente hidratados e hinchados, que mis hombros se asomen. Hay días en los que me acerco a un chico en un bar y le hablo mientras pienso: “¿por qué no me besas?”, y dejo que ese pensamiento se filtre en el tacto y en las miradas.
Aun así, hay días en los que el otro responde, se acerca. Y entonces me alejo. Como si desear fuera más cómodo que ser deseada de vuelta. También hay una exigencia de parecer deseable todo el tiempo. Como si el eco de la liberación sexual, en lugar de liberarnos, hubiera traído otra forma de presión (Madesta, 2022).
Y ahí entiendo a los hombres que solo paran deseando sin pensar en cómo los desean, sin entrar en el juego de verse lo suficientemente atractivos para que sepan que lo son, pero no tanto como para parecer un exceso. Algo para que te tomen en cuenta, pero no tanto como para que dejen de tomarte en serio. Deseable, pero intocable. Guapa, pero no para que todos te hablen. Verte bien, pero sin que todos se enteren. Esconder tu imagen, mostrarte lo suficiente. Vivir eternamente consciente de cómo te ves y de cómo decides retratarte. Porque, al final, la coquetería funciona como una estrategia de supervivencia dentro de una economía del deseo (Srinivasan, 2021).
Es esto que dice John Berger:
“Los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se observan a sí mismas siendo observadas. Esto determina no solo la mayoría de las relaciones entre hombres y mujeres, sino también la relación de las mujeres consigo mismas. El observador de la mujer en sí misma es masculino; la observada, femenina. Así, ella se convierte en un objeto —y, muy particularmente, en un objeto de visión: una imagen.” (Berger, 1972)
Hay algo esquizofrénico en hacerse mujer. Vivir en un estado de vigilancia constante: una y, al mismo tiempo, la imagen de una. Y aunque la performance de género no se limita a las mujeres, ¿por qué en la pandemia me depilaba siempre las piernas? Mis piernas a las siete de la mañana, que no eran miradas por nadie —ni siquiera por mí—, escondidas debajo de las sábanas, no se sentían lo suficientemente femeninas.
¿El acto repetido de depilarme me feminiza? Demencia pura. ¿Y necesito ser femenina para verme atractiva? ¿Y atractiva para ser vista? Pero Audre Lorde escribe que lo erótico no tiene que ver con ser vista, sino con sentir profundamente. Con una conexión interna, no con una respuesta externa.
“Lo erótico es una medida entre el comienzo de nuestro sentido de ser y el caos de nuestros sentimientos más profundos.” (Lorde, 1984)
Y entonces dudo. Porque cuando intento ser deseada, siento que cedo ese poder a quien me mira. Pero también disfruto el deseo: cuando es mío. Y, a veces, cuando es compartido. Nada de esto me impide seguir habitando mi cuerpo. Que no se confunda sensualidad con sexualidad. Expandir el eros: sostener la mirada mientras hablo, tocar un brazo, reírme, abrazar.
Y no por eso ser una coqueta.
O, qué chucha, ser una coqueta.
No para esperar ser observada, ni ser deseada.
No para que alguien más piense que le pertenece mi coquetería.
Solo porque a veces quiero.
Quiero ser coqueta por ser risueña.
Otras veces sí para seducir.
Algunas —muy pocas— también por joder.