Las interpretaciones de una obra son vastas. A veces, cuando un libro parece circunscribirse a un tema particular, la lectura puede dejar pasar por alto otros ejes que, en realidad, resultan fundamentales.
Esto ocurre con mayor facilidad cuando el texto es drásticamente divertido, como Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (Dendro, 2025; Random House, 2025), de Gianni Biffi. El título sugiere una figura distante que observa la desgracia ajena. Antes de leer el libro —e incluso antes de recorrer sus reseñas— uno podría pensar que se trata de un volumen de cuentos trágicos: hechos o situaciones tortuosas analizadas desde la mirada de un observador externo. Y no estaría equivocado. Todo eso ocurre, solo que provoca risa.
La coherencia entre tragedia y comedia es uno de los mayores aciertos del libro. Biffi se permite algo difícil: narrar el derrumbe sin solemnidad, y hacer de la risa un modo de lectura que no cancela lo trágico, sino que lo vuelve más visible.
Observar la desgracia ajena remite a un concepto ineludible: la venganza. ¿Por qué alguien querría ver la vida de otro derrumbarse desde una distancia segura? Tal vez porque disfruta de esa caída. Son los propios personajes quienes responden a esta pregunta a lo largo del libro.
El volumen está compuesto por quince cuentos, y en casi todos hay un protagonista que sufre. Este dato puede pasar desapercibido mientras reímos con sus desventuras. En Reconciliación nacional, Francisco Yunque quiere vengarse. Ha sufrido acoso por un bully en su infancia, como en el famoso cuento infantil de Vallejo, y su vida ha quedado marcada a lo largo de los años. Ahora quiere matar a Humberto Grieve. A veces su mente le juega malas pasadas y lo lleva a imaginar a su futura víctima sometida al dolor de escuchar los discos de Yoko Ono. Hay una venganza que debe ejecutarse y un sufrimiento que sosegar, razón por la que se encontrarán después de años.
En La Tortuga y la Liebre, el quelonio ha sufrido una desgracia distinta: creyó en la idea de que la constancia supera al talento. Perdió la carrera contra su enemigo, y, junto con ella, lo perdió todo, y se ha visto empujado a actos que jamás habría concebido. Busca reivindicarse en una nueva competencia. Hay, también aquí, una venganza en ciernes y un sufrimiento.
En otro cuento, Zeus, el dios griego, tras asistir a un seminario de concientización sobre el acoso sexual, escribe cartas de disculpa. Sin embargo, en cada una de estas no solo se justifica, sino que esparce su cizaña de manera subrepticia. Se considera un incomprendido, como la Tortuga, como Francisco Yunque, y su venganza se manifiesta a través de la palabra escrita. Dice Zeus:
«Antes de juzgarme pido a los mortales que cierren los ojos, se pongan la mano al pecho y, usando su imaginación, piensen cómo actuarían si un día descubren que tienen poderes ilimitados, fuertes deseos sexuales, ningún sistema ético y la inmunidad jurídica de los dioses.»
Algo similar ocurre con Illapa, dios del trueno y el relámpago, quien decide vengar a sus colegas caídos en batalla frente a Thor —y, de paso, casarse con Brigit, una diosa hermosa—, a pesar de no interesarse demasiado por su condición divina y preferir, en sus ratos libres, desarrollar ecuaciones diferenciales. La venganza se consuma en un enfrentamiento de rayos y truenos.
En casi todos los cuentos está presente el sufrimiento: en Sebastian, quien sufre por Cecilia y es discriminado por su bajo intelecto en La muerte de los sueños literarios; en las cualidades anodinas del protagonista de Kassogtha; en la frustración de Vallejo por ser visto como un poeta triste. Y así, un largo etcétera.
No hay manera —o no una completamente satisfactoria— de explicar la hilaridad de estos textos mediante el análisis. Esa experiencia pertenece, casi en exclusiva, al acto mismo de la lectura.
Sería importante decir, entonces, que más allá de la acertada escritura pop que se le atribuye a este libro, más allá de las risas que provocan estos cuentos, hay en la obra una capacidad notable para dotar de un humor coherente a la tragedia y para comprender la existencia de personajes perversamente delineados.
Quizá podamos citar, para cerrar, al protagonista de Cumpleaños infantil existencialista, que parece encerrar en una oración toda la idea del libro: «Empalado, nuestro héroe, abraza el absurdo de la vida y nos muestra cómo todos los hombres somos los protagonistas de un drama cómico que es divertido en su incoherente final».