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15 JUL

Tibio

por Chica de humo
Tibio

Fueron tres años. O diez. Él fue mi profesor. Yo fui muchas cosas con él. Todavía no sé qué parte de mí empezó ahí. En una semana voy a cumplir la edad que él tenía. He imaginado por años cómo se verían las cosas a este punto. Menos radioactivas. El tiempo pasó; aún me hace falta un poco más para mirar todo de frente. He olvidado mucho, pero he evitado más. Recuerdo cómo empezó.

 

Fuimos a almorzar frente a la universidad y me contó un sueño que había tenido: él era pequeño —no de edad, sino de tamaño—. Pequeñísimo: apenas llegaba a la mitad de mi muslo. Yo sacaba un queque del horno. Todo estaba cálido; yo también. El ambiente estaba bañado en un ámbar denso y él se sentía seguro.

 

¿O fue antes? Cuando me invitó al karaoke justo después del parcial que tuve con él. ¿Tal vez un poco después? Cuando fuimos a un bar de cerveza artesanal y el estómago se me movía tanto que no sé cuántas veces desaparecí en el baño. Nunca me había gustado alguien de esa manera. Mi cuerpo lo sabía antes que yo; apenas lo toleraba.

 

Yo también soñé con él. Estábamos en un sillón. Él se acercaba y se alejaba, dejando tenso el espacio entre nosotros. Me besó.


—¿Haces esto con todas tus alumnas? —pregunté, intentando sonar ingeniosa.


Se rió y volvió a besarme.


—Puede ser.


Por primera vez, no me sentí a salvo.


Nunca le conté ese sueño.

 

Solía pasearme frente a su aula. Rondaba su puerta. Orbitaba sus espacios. Él siempre sabía que andaba cerca. Después de clases hablábamos de ciencia, de Star Trek, de los astros, de las sondas Voyager. Yo, del universo de las palabras; él, del Universo. A los dos se nos escapó una lágrima en su carro cuando hablamos del último mensaje de la sonda Cassini antes de estrellarse contra la atmósfera de Saturno. Para entonces ya estábamos juntos.

 

Me besó por primera vez en agosto de 2017. Ya habíamos salido al cine, a comer, a tomar. Varias veces. Hasta entonces, solo había puesto su mano sobre la mía una vez: en el cine. Me dijo que, si no me había dado cuenta, nos veíamos porque yo le gustaba y él no sabía si yo sentía lo mismo.

 

—Sé que salías con una chica. Una estudiante de psicología.

 

Me dijo que eso había terminado. Le hice dos preguntas más, no recuerdo cuáles. Él contestaba con calma, decidido. Yo necesitaba pausas. No sabía dónde poner todo lo que él movía en mí. Estaba aterrorizada. Aún no quería mostrarme frente a él. Por un momento pensó que no me gustaba. Luego me enseñó su cuarto —una casita junto a la piscina de sus papás, en realidad—. Nos sentamos en su cama. Intentó besarme y me dejé.

 

Había experimentado muy poco sexualmente en ese momento de mi vida. Nunca lo había disfrutado. Había sido incómodo, doloroso o poco memorable. No sabía cómo interrumpir lo que ya estaba pasando. Así que no dije nada.

 

Él entró en mí. No dejó espacio para un pensamiento. Sentí todo.

 

Con él aprendí a disfrutar el sexo. A veces odiaba las cosas que me decía o las cosas que quería hacerme decir. Odiaba cuando intentaba controlar mis orgasmos. Pero descubrí mi cuerpo con él.

 

Aprendí también a hablar solo en el sexo y quedarme callada en las discusiones. Siempre he sido elocuente. Resoluta. Mis amigas me conocen como alguien segura de sí misma. Yo, en su carro, no hacía ruido sobre las cosas que me hacían ruido. Y las reverberaciones terminaron horadándome.

 

Los desayunos eran en la cocina de sus papás, nunca allá atrás. Me servía mi queso favorito con alguna mermelada que él escogía. Yo tostaba el pan, él hacía el café. Salíamos rumbo a la universidad escuchando música en su carro, despertándonos en el karaoke improvisado. A menudo ponía una playlist que había hecho. Como portada había puesto los pies danzantes de mi álbum favorito: Rumours de Fleetwood Mac. En la descripción escribió: Melancholy, tungsten light, honey and rust.

 

—Todo eso que eres tú —me dijo mientras yo cantaba un cover de Both Sides Now, de cuando Joni Mitchell aún no estaba en Spotify.

 

Luego, me dejaba una cuadra antes de llegar y yo caminaba, aún tarareando.

 

Pasábamos mucho tiempo en esta parte de Lima que nunca me perteneció. Yo siempre viví más cerca al mar. Pero me acostumbré a un cielo despejado, al polvo del cerro, al sol de La Molina. A más días con posibilidades de meternos a la piscina. Así fueron unos años.

 

—Trae tu bikini hoy.

 

Habíamos terminado una semana antes, pero teníamos planeado un viaje con sus papás, su hermano y la novia de su hermano. Íbamos a encontrarnos en su casa para organizarnos.

 

—Ando fuera, pero tal vez me compro uno.

 

Era mitad de febrero y los trajes de baño estaban en oferta. Escogí un bikini rojo.

 

—Tienes que actuar como mi espejo porque no me lo probé, solo lo llevé.

 

Apenas levantó la mirada.

 

—Mmm.

 

—¿Qué significa eso?

 

—Bueno, no hay nada muy grande en tu cuerpo que me haga decir “wow”, pero te queda bien.

 

Meses después dijo:

 

—Esa vez estaba triste y molesto, habíamos terminado. Capaz quería hacerte daño.

 

Era abril de la pandemia. Solo nos veíamos en largas videollamadas, casi diarias. Me hablaba mientras hacía abdominales en su cuarto. Otras veces, recostado en su cama o tirado sobre el pasto. Incluso mientras iba al baño. Dejé de responder en junio o julio, poco antes de mi cumpleaños. Llegó algo de fuerza con los veinticinco.

 

De todos modos, cuando se malograba algo en mi casa y no había nadie con herramientas, volvía a encontrar su nombre en mis contactos, pero no marcaba. En una nota que dejó después de terminar escribió: “esto no quita que vas a aprender a manejar conmigo”. Seguía pensando en esa frase durante mis clases de manejo y en la licencia que todavía no tramito.

 

No sé si me tendrá guardada en su celular como Ariana o si todavía existo en alguna versión que suena a mi nombre. Yo ya no lo tengo como käsekuchen —un juego de palabras con su segundo apellido—. Ahora tiene nombre y apellido.

 

Dos años después, volví una última vez. Hablamos y me dijo que entonces no había sido lo suficientemente maduro como para sostener la relación que teníamos —él acaba de cumplir cuarenta y uno. Le conté que estaba conociendo a alguien y mis dudas. Me dijo que todo esto nos había hecho más fuertes. Que habíamos aprendido de las cosas para llegar a donde estábamos. Siempre supo cómo mostrarse pequeño frente a mí.

 

En esos tres años que fuimos pareja, terminamos dos veces. La primera vez fue porque descubrí que había vuelto a salir con la estudiante de psicología. ¿Descubrí? Apenas me lo dije. Hablarlo me golpeaba el cuerpo. Solo le conté que lo sabía cuando volvimos a decidir estar juntos. Vomité algunas veces pensándolo antes de poder convertirlo en palabras.

 

Perdí mucho de mí en eso que salió de mi cuerpo. Por eso me molestó escucharlo decir que esto nos había hecho más fuertes. Yo me deshice y me hice fuerte. Algunas veces. Otras, no. Bordeo el miedo de que me vean pequeña. Que se me vean las heridas. Incluso cuando soy yo quien las descose.

 

No me dijo que ya estaba con la que ahora es su esposa en esa última conversación. No habló de compromiso con nada ni nadie, mientras yo le hablaba de mi nueva relación. Me escuchó desde la cama, el baño, la cocina; y por tres horas respondió. Hizo preguntas. Coqueteó un poco. Volvió a interesarse por mi vida.

 

Nunca más lo contacté.

 

Pero todavía lo encuentro en hombres de ternura juvenil y una dificultad feroz para sostener a alguien. Y algunos me conquistan. Me olvido y me quedo. Intento, compulsivamente, cambiar la historia. Repararla. Labro y sueldo, y me distraigo del tiempo.

 

Voy con mi hilo del pasado, enmendando el presente. Intentando que el calor no se escape. A veces crezco. Otras, empequeñezco. Logro irme cuando sé que ya no queda nada por remendar, pero me tardo. Y aparece de repente, como el sonido de un mosquito en la noche. Sin saber de dónde viene. Escucho el eco de su voz en Juan Diego, cuando preparaba el café. En Gabriel, cuando me deja adivinar demasiado.

 

Intento detener el sonido. Colapsarlo. Dejar que estos nuevos nombres sean solo ellos. No hicieron lo mismo que él. Fueron tiernos y feroces, e incapaces de sostenernos. Sin embargo, no me desdoblaron. No me cambiaron el nombre por Irene. No me compararon. No me hicieron competir.

 

Y es que no era él en otros.

 

Con treinta años y nada lo suficientemente frío, vuelvo a la cocina para mirar las cosas de frente. Me encuentro en el horno de su sueño, donde aún me quemo.

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