En la historia de la literatura y del teatro moderno, el subgénero mayormente conocido en el mundo de habla hispana como
âdrama burguésâ ha jugado un papel de relativa importancia en tanto objeto de estudio teórico y de debate ideológico, pese âo quizás graciasâ a la falta de una definición clara y consensuada. En efecto, si la indeterminación de esta forma teatral ha servido en general para esgrimirla en contextos polémicos, a menudo entronizándola como una conquista de la autoconciencia occidental progresiva (el historiador de la literatura Arnold Hauser no duda en llamarla âde propagandaâ), en cambio ha perjudicado una investigación más minuciosa, más atenta a los detalles formales y a las piezas menos resonantes y menos estereotipadas del corpus. En su clásica obra de referencia, el especialista Patrice Pavis homologa "drama burgués" y "tragedia doméstica" y adscribe estos conceptos a Diderot (el primer gran sistematizador de esta tradición), pero básicamente sin definirlos, más allá de situar sus referentes entre la comedia y la tragedia. Así, evidentemente se trata de un formato teatral hecho y derecho, pero reacio a las taxonomías por su inestabilidad formal e histórica. El bautismo oficial del subgénero habría sido obra del ginebrino Pierre Clément, quien en 1748 tradujo íntegramente El mercader de Londres, de George Lillo, pieza que muchos han reconocido como la obra inaugural del drama burgués. Un autor como Lillo no dudaría en proclamar la "novedad" de su propio intento, y enseguida entendemos que se refería a su proyecto de "ampliar la provincia de la clase más seria de poesía" introduciendo personajes trágicos ajenos a los estratos más altos de la jerarquía social. La pregunta por la posible contribución de Lillo a la dramaturgia dieciochesca (y a la historia del drama en general) se confunde aquí, más que nunca, con aquella en torno a la popularidad que El mercader de Londres alcanzó entre sus contemporáneos.