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02 ENE

Cultura de la cancelación: la expulsión del diálogo público

En el trabajo, un nuevo compañero con el que tenía afinidad hizo un comentario que considero racista e inmediatamente sentí un cierre interior hacia esa persona. Eso me hizo pensar en la cultura de la cancelación.
Cultura de la cancelación: la expulsión del diálogo público

Por Mª Ángeles Quesada


Siempre merece la pena aplicar lo que John Dewey, filósofo y pedagogo americano, nos recomendaba para desplegar nuestro pensamiento crítico sobre cualquier tema: suspender el juicio e indagar la naturaleza del problema antes de proceder. Así, ante este nudo que surge y la situación que lo desencadenó, suspendemos el juicio, nos paramos ahí y habitamos nuestra vivencia, la exploramos, contemplando nuestras ideas, reacciones, permitiéndonos preguntas y dudas.

La cultura de la cancelación y la posverdad

Comencemos con una pregunta sobre el contexto: ¿qué es la cultura de la cancelación y qué implica? Efectivamente, existe una cultura de la cancelación que ha normalizado la expulsión del diálogo público a quienes expresan o representan unas ideas determinadas, normalmente consideradas inadmisibles (por ejemplo, racistas, sexistas, violentas, etc.). Esta cultura, en mi opinión, se inscribe dentro del fenómeno de la posverdad. La posverdad, tal y como se caracteriza en mi libro La virtud de pensar, no tiene que ver con la mentira o el engaño, que siempre han existido, sino con un completo desprecio por la verdad. La verdad no interesa, es irrelevante y, por tanto, no trataremos de buscarla.

La posverdad, entonces, suple con una serie de eslóganes cualquier proceso crítico de diálogo o indagación genuina de la verdad. Algunos de estos eslóganes serían: «Lo que siento es verdad», «si creo en mí, puedo», «todo hecho es interpretable», «todo el mundo es un experto», etc. Donde bien se podría incluir: «Cancelo a quien represente una idea inadmisible». En definitiva, lejos de involucrarnos en procesos de cuestionamiento, argumentación, esclarecimiento de visiones, en procesos de duda e incertidumbre, lo que interesa es un mensaje claro, de intenciones ocultas, pero rotundo en ideología. Así podemos categorizar rápido, etiquetar en una sola casilla, sintiéndonos bien de inmediato, en la certeza de la tiranía de la entraña, aquella sin ápice de autoconocimiento.

Estos mecanismos de la posverdad refuerzan a su vez nuestros sesgos. En primer lugar, los comunes a toda la especie, los cognitivos, como aquel que nos muestra cómo damos más importancia a la información que confirma nuestras creencias y menos a la que no lo hace (sesgo de confirmación). También refuerza los miedos propios (sesgos personales) que vienen de nuestras historias particulares. Quizá ese comentario de mi compañero me hizo recordar otros comentarios similares que me produjeron daño en el pasado. Y, por último, afianzan también los sesgos culturales que nos ponen sobre aviso acerca de lo diferente, aplaudiendo lo conocido y fomentando el encierro en nuestra propia cámara de eco.

Así, ahora podemos comprender mejor que probablemente esta cultura de la cancelación, la posverdad y sus mecanismos y los sesgos que ellas refuerzan han contribuido a mi reacción. Y así, por ello, no la he sentido como plenamente natural y adaptativa, sino que algo me ha rechinado, llevándome a la pregunta que define el problema: ¿cómo no cerrarse a lo diferente sin hacernos daño o traspasar un límite moral importante?

La posverdad no tiene que ver con la mentira o el engaño, que siempre han existido, sino con un completo desprecio por la verdad. La verdad no interesa, es irrelevante y, por tanto, no trataremos de buscarla

La ética de las virtudes y el estoicismo

Un criterio que podemos emplear para saber dónde están los límites es atender a nuestra ética. Ese rechazo no solo proviene de una cultura y unos mecanismos posverdaderos; también hay parte de sentimiento genuino: el sentir herido cuando los valores de uno son ultrajados. Un buen trabajo crítico sería hacer una reflexión profunda sobre la ética, las costumbres, las normas, los valores y las concepciones del bien y el mal que albergamos. Y para el caso que nos ocupa, quizá nos arroje luz la ética de las virtudes y las prácticas de los estoicos respecto a ellas.

El estoicismo nos habla del ideal de sabio, aquel que cultiva la virtud y la ejemplifica en su día a día. Entre las virtudes clásicas encontramos el coraje, la prudencia o la justicia. Aunque los estoicos se comprometían con la virtud, su significado y práctica debía ser discutido y aterrizado con los demás miembros de la comunidad. El diálogo con los semejantes era necesario para dilucidar las formas de aplicación de ese coraje o de esa justicia.

Aunque nuestro valor sea la igualdad y un comentario racista lo ponga en peligro, es importante el diálogo para aclarar, matizar y encaminar la práctica real, ayudándonos a reconocer en nosotros mismos comportamientos racistas de los que no nos damos cuenta. Porque, en cualquier caso, la virtud no sería algo a lo que llegaríamos de una vez por todas y para siempre y, por tanto, colocarnos en esa superioridad moral no es para nada de sabios estoicos.

Entonces, ¿debemos tolerar todas las opiniones? Un rotundo no. Recordemos al filósofo Emilio Lledó que nos insta a no dar tanta importancia a la libertad de expresión como a la libertad de pensamiento: la libertad para pensar lo que vas a decir y argumentarlo bien. Así, las opiniones válidas son aquellas bien argumentadas. Busquemos buenos argumentos y exijámoslos a nuestros interlocutores. Para ello hemos de dialogar y entrar en procesos de búsqueda e indagación de la verdad. Pero ¿cómo dialogar si hay mucho ruido? ¿Cómo hacerlo si no nos escuchamos? ¿Cómo hacerlo sin atacar al otro?

Estos procesos han de cumplir unas condiciones, entre las que están, por ejemplo, el respeto y la verdadera escucha (comprensiva, empática, sosegada), el esfuerzo por argumentar y explicar las posturas, la eliminación de falacias que atacan a la persona, distraen, distorsionan, etc. Solo así, voces diversas pueden ser tenidas en cuenta y puestas a prueba en la mesa del diálogo, un proceso de búsqueda de la verdad con mayor bien para todos. Y también así las voces de los oprimidos, los más débiles o vulnerables tendrán cabida, porque el sosiego hará que puedan expresarse y no se vean abrumados, confundidos, en peligro. Puede que nuestro consultante tuviera miedo o sintiera vulnerabilidad al verse abriendo un diálogo así con ese compañero que hizo el comentario desafortunado. Y esto es porque los procesos de indagación no están normalizados.

El filósofo Emilio Lledó nos insta a no dar tanta importancia a la libertad de expresión como a la libertad de pensamiento: la libertad para pensar lo que vas a decir y argumentarlo bien. Así, las opiniones válidas son aquellas bien argumentadas

El mal y el desprecio a la verdad

Dicho esto, ¿hay ocasiones en que es legítimo sacar a alguien de nuestras vidas? La filósofa Ana Carrasco Conde sostiene en su libro Decir el mal que el mal no es un acto aislado ni algo que viene de un lugar oscuro, indecible e irreconocible del ser humano, sino que reside en las dinámicas relacionales que se perpetúan y lo reproducen. Así, nuestra sociedad promueve el desprecio a la verdad, la falta de respeto a la escucha, la pérdida de vista de la argumentación y refuerza los sesgos que nos enjaulan.

Estas dinámicas del mal perpetuadas y normalizadas son las que deberían cancelarse, aplicando la tesis de Carrasco Conde. Lo contrario, los procesos de indagación de la verdad, de verdadero diálogo, donde se cumplen ciertas condiciones, debería entonces extenderse, difundirse y normalizarse.

En este contexto, hay quienes se aprovechan de esas dinámicas del mal, quienes las repiten, ignoran las solicitudes de los procesos, ignoran las peticiones de diálogo, sistematizan la falacia, incluso quienes le dan pábulo y voz al desprecio de la verdad en la arena pública. Desde luego, aquellos que se valen de esos mecanismos de reproducción del mal, de forma reiterada y continua, bien pueden ser sacados de la vida de uno. Sin embargo, en última instancia, el bloqueo a la persona y no a las condiciones nos resquebraja como humanidad. Ya Zygmunt Bauman, gran analista de nuestro tiempo, en sus últimos años nos advirtió de la importancia de aprender a dialogar en un mundo que ha llegado a ser cosmopolita sin aprender realmente en qué consiste ser cosmopolita.

En definitiva, un comentario racista nos interpela a ser valientes y tratar de cambiar los mecanismos del mal y velar por cumplimiento de las condiciones para que pueda darse una verdadera indagación. Puede que sea difícil, pero de ello depende que crezcamos como humanidad.

 

Fuente: FILCO.ES

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